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La obra en la que me inspire fue esta.
http://www.guggenheim-bilbao.es/caste/africa_concurso/africa_concurso4.htm
Espero que sea de vuestro agrado.
La primera vez que tuve oportunidad de ver un libro fue en mi niñez, cuando unos misioneros católicos llegaron a la aldea. Todos portaban en sus bolsillos una cosa que yo desconocía lo que era, de apariencia simple, sin ningún tipo de magia que me hiciera entender por que esos hombres veneraban y le daban tal importancia a un objeto tan simple. Lleno de curiosidad le pregunté a los mayores, muchos de ellos también desconocían que era aquello y por qué lo veneraban. Algunos otros ya habían tenido oportunidad de oír a los más ancianos que era aquello que intentaban mostrarnos y explicarnos con tanta devoción los hombres blancos.
Aun así seguía habiendo confusión en el poblado, había quien no aprobaba la acogida de esos hombres, pero las leyes del pueblo eran muy distintas. A pesar de la tirantez y de la desconfianza por parte de los ancianos hacia esas personas, era indiscutible que su labor no era mala. Compartían lo que traían, milagrosamente sanaban a los enfermos, y nos ofrecían regalos a cambio de nada.
Unos los consideraban portadores de buenaventura. Otros trataban de advertir que aquellas obras de supuesta caridad sólo serían una trampa con algún fin. Lo cierto es que para nuestra suerte no se trató de nada de eso.
A los pocos días vinieron unos semejantes que sí que entendían la palabra de aquellos hombres. Los traductores vociferaban al pueblo que aquellos prójimos de tez pálida habían venido de buena fe. Que como ya nos dimos cuenta días atrás, venían a traer medicinas, a enseñarnos y a facilitarnos ciertas tareas, y a hablarnos de su dios.
Eran las palabras de aquel ser supremo las que portaban en sus bolsillos las que hablaban del conocimiento del mundo según los blancos.
No sé si fue esa idea de concentrar en una cosa tan pequeña y de apariencia tan vulgar el conocimiento de todos los hombres, o si fue mi propia armonía y mi propia educación a acoger al peregrino, la que hizo acercarme a aquellos hombres. Lleno de curiosidad pregunté por ese objeto tan simple. Me dijeron que lo llamaban libro, y que su nombre era Biblia. Fue cuando tuve oportunidad de ver, oler y tocar más de cerca aquel objeto sagrado, pero fue al abrir sus tapas lo que me hipnotizó, y no eran más que trazos, líneas, que según me dijeron se llamaban letras. Es cierto, parecía algo estúpido, algo que no tiene sentido, algo que no podía llamar la atención de un niño... pero no se que fue lo que vi en las letras, que a pesar de no entender que es lo que expresaban ni que significaban, la interpretación de los dibujos que formaban las palabras, fue lo que me dejó tan impresionado.
He de confesar que de niño, antes de que llegaran aquellos hombres blancos con su Biblia, antes de observar tan de cerca las letras y las palabras, siempre tuve la inquietud por conocer, por entender y comprender como funcionan las cosas. Lo cierto es que mi vida siempre se resumió en un constante ¿por qué?
Yo creo que uno ya nace con esa inquietud. Hay quien no se hace tantas preguntas, ni tiene tantos deseos por entender ciertas cosas que a muchos pudieran pasar inadvertidas. Lo importante para un hombre como yo, es aprender la cultura de su pueblo, la cultura de la naturaleza, ser atento y responsable con las necesidades de la familia, y de la comunidad.
Di por supuesto, como comprensiblemente mis padres no estaban por la labor de que me calentara, ni les calentara su cabeza con tantas preguntas que a su parecer no eran más que inútiles.
Ellos tenían que ver en mí otra aptitud, a la manera tradicional de las costumbres de mi pueblo, tomar la vida con otros objetivos y con otros impulsos.
Yo por suerte era joven y sano, diferente a como fue mi hermano mayor, al que después le seguía yo, siempre débil y enfermizo, prácticamente incapaz e impotente de hacer más que ciertas labores. Su corta vida reflejo que tan enfermo estaba. Cuando yo le veía tan mal me acercaba y lo abrazaba con fuerza, intentaba protegerlo de todo mal. En una ocasión le pregunté que si tenía miedo. Me dijo para mi sorpresa que no pensaba en nada, que no lo tenía, y parecía cierto, por que a pesar de su sufrimiento, apenas se quejaba, trataba de no parecer un estorbo para padre y madre. Al fallecer comprendí que tan valiente fue, y que tan cobarde fui, porque si yo hubiese pasado por lo que el... si que hubiese tenido miedo. Entendí que lo tendría porque deseaba vivir, porque a pesar de lo dura que era la vida, la quería conocer, entender sus secretos, y tal vez alguno de esos días ya de mayor, ya de anciano, tranquilizar con mis palabras y con el timbre de mi voz, llenar los corazones de los más jóvenes de consejos y sabiduría.
En el momento en que falleció mi hermano, yo tomé otro rol, me responsabilicé aún más de la tediosa y laboriosa obligación que tienen los hijos mayores.
Todo rondaba en ayudar y aportar cierta economía, bienestar a la casa y a la comunidad. No podía ser egoísta y sumergirme en una pena y en unos sentimientos que embargaran mi alma, ya que tanto mis padres como el resto de mis hermanos no lo aparentaban
Me di cuenta que a pesar de fallecer mi hermano, en el fondo todos éramos afortunados, que teníamos salud, fuerza, y un plato de comida que llevarnos a la boca.
Pasó el tiempo, todos nos hicimos mayores, por una época deje de preguntarme tantas cosas, concentrado en evolucionar como hombre dedicado de pleno a mis tareas. Cuando tenía tiempo me sentaba a descansar en la puerta de casa. Es cierto que a mi mente llegaban muchas ideas y pensamientos, pero ninguno que me recordara un tiempo no muy pasado. Aquel día nuevamente sentado, portando en una de mis manos un palito de madera, absorto en no se qué pensamiento, dibujaba distraídamente en el suelo anaranjado de la tierra... Cuando fui a darme cuenta y miré hacia abajo, al ver los trazos quedé ensimismado en un pensamiento, en una emoción que un día embargó mi corazón... esos trazos que distraídamente había dibujado me recordaron las palabras, muy lejos de parecerse, pero que escondían esa simbología que hace un tiempo me cautivó.
Aquellos días que tuve oportunidad de estar con los hombres blancos, me enseñaron en mis breves descansos el significado de ciertas letras. Aprendí a entender como se llamaban cinco de ellas A, e ,i ,o ,u... Lamenté que pronto se fueran, y que no tuvieran la oportunidad de mostrarme ninguna más.
Agarré nuevamente el palito de madera y me dispuse a continuar más armónicamente a trazar las letras que una vez me habían enseñado.
Para mi gusto habían salido preciosas, para hacer tanto tiempo el que había pasado y del cual no había practicado.
Así seguí recreando líneas inventadas que me inspiraran una forma, un objeto, un pensamiento, quizás algún sentimiento...
Al día siguiente comprobé que gran parte de aquellas líneas que tracé se habían borrado. Tal vez el viento, tal vez las pisadas... el caso es que ya no estaba presente mi obra.
Entonces no le vi sentido a marcar trazos en las arena para que luego se borraran. Traté de consolarme pensando que aquellas palabras inventadas habían pasado por las manos de mi hermano muerto, como si con sus dedos hubiese arrancado la tierra y llevado consigo todos aquellos sentimientos que para mi aportaban, lo que para muchos no dejaban de ser absurdas líneas.
Comprendí pues, el valor del libro que aquellos hombres portaban. Entendí que era el medio perfecto para expresar los sentimientos, los pensamientos y las palabras, el conocimiento del mundo.
Pero también entendí otra cosa, y es que yo no sabía escribir... no conocía a nadie que supiese hacerlo, que me enseñara el significado de las letras y de las palabras...
La historia de la aldea, del mundo que nos rodea, de la creación de las cosas, solo se sabe y se conoce de palabra... pasa de ancianos a adultos de adultos a niños y así sucesivamente, generación tras generación.
Recordé a uno de los ancianos del pueblo, dejé la garrafa de agua vacía y salí corriendo en su busca, me latía el corazón con fuerza, con júbilo y entusiasmo.
Así era, allí estaba tal y como lo recordaba, sentado en su asiento dibujando con sus dedos lo que parecía un animal.
Me acerqué respetuosamente, el ni me miró, ni me prestó atención. Seguía trazando con su pincel aquella losa. Me impacienté y le hablé. Le pedí que por favor me enseñara a dibujar, que admiraba lo que hacía, y que trazar llenaba mi alma y mi corazón de bienestares. Me miró pero con cierto escepticismo me preguntó ¿De que tiempo dispones para que te enseñe? tú andas en labores y tareas más importantes que realizar. Supuse que como mis padres, el también se preocupaba por el bienestar de la economía familiar, y anteponía la cultura y las costumbres del pueblo a las mías propias.
¿Para qué quieres aprender a dibujar? Los chicos de tu edad no se preocupan por estas cosas, estáis más atentos y dispuestos a hacer otro tipo de tareas.
Para hacer este trabajo o se es anciano, o se es débil como tu hermano, o se tiene un corazón demasiado noble.
Tu ni eres anciano, ni débil ni cobarde… será cierto que dispones de un corazón mas bien distinto, de un alma que te impulsa a ser noble.
Es muy temprano y tienes que ayudar en casa, vete de aquí antes de que venga tu padre en tu busca. Ando demasiado tranquilo como para escuchar sermones.
Una decepción embargo mi ánimo. Pero decidí a no darme por vencido.
A cada tarde y cuando podía, me escondía en algún lugar cerca de donde estaba el anciano, como un león al acecho de su presa.
Y así, sin creer no ser visto, observaba como el viejo trazaba las líneas precisas para dibujar un paisaje, un árbol, un tigre, un hombre… Vi como obtenía los colores, de que materiales los obtenía.
Pasaron algunas semanas, hasta que un día el anciano se levantó de su asiento y se dirigió hacia mí. Qué ingenuo fui, un hombre tan viejo sabe tantas cosas, que nota hasta al que le observa sin ser visto.
Ven, me dijo. Veo que si tienes el interés necesario para ilustrarte, y que no es ninguna ilusión pasajera la que te lleva a aprender.
El anciano fue a mi casa conversó con mis padres. Les hablo de mi interés por el arte. Que deseaba instruirme en una profesión tan noble. Mis progenitores aceptaron de buen grado el trato del viejo.
Pasado un período de tiempo en manos de mi tutor. Intenté sorprender un poco a todos. Me pareció que la fachada de la casa era un poco triste, creí que tenía poco color y que una mano de pintura y originalidad no le vendría mal a nuestro hogar. Dispuse mi creatividad y mi talento con las enseñanzas del anciano. Comencé a plasmar un fondo de color, y me deje llevar por los sentimientos que me dictaba el corazón.
De aquel lienzo improvisado nació un mural lleno de emociones, de líneas y trazos, de cotidianidades.
Ante mis ojos apareció una obra magnifica llena de colorido e impresión. Pensé que aquel lienzo mantendría por mucho tiempo mis pensamientos e impresiones, que mostraba lo que mi interior en esos momentos embargaba, no me pareció triste la idea de que pasara el tiempo y los colores se fueran apagando, que los dibujos se fuesen deshaciendo, quizás por que los comparé como la propia vida, la que crea ciertos períodos para que luego pasen y lleguen unos nuevos a la memoria.
Me llenó de orgullo y satisfacción el que mis padres mi familia y mi tutor, me felicitaran por el trabajo mostrado. Les gustó tanto como a mí, ese mural improvisado.
Pero no sólo recibí la felicitación de los allegados, también la de mis vecinos y la de los ancianos.
De hecho el jefe del poblado me invitó a que también pintara su casa. Le conmovió mi obra, los colores plasmados. Me di cuenta que mis obras y el talento con el que mis padres me habían obsequiado, serviría para mantener la familia.
Así fue como poco a poco mis expresiones, mis visiones, mi creatividad se fue plasmando en más objetos.
Llegue a crear con mis dibujos y mis trazos simulando letras, una aldea de aspecto más alegre. Incluso parecía que la viveza de los colores alegraba aun más los corazones de aquellas gentes.
A mi casa llegaron palabras respetables de ancianos, visitas de jefes de otros poblados, invitándome a ir a sus casas y plasmar en sus paredes la felicidad de los momentos.
Todo parecía perfecto, a si fue pasando el tiempo. Trabajaba en lo que me gustaba, era respetado y tenía cierta fama. Me casé con la mujer que amaba, que me obsequió la descendencia tan deseada.
Pero a pesar de tantas virtudes y alegrías, una pena me embargaba… no sabía como concentrar en un objeto tan pequeño como un libro, el conocimiento del mundo.
Las paredes eran grandes, las losas muy pesadas… no encontraba el medio perfecto para concentrar mi obra.
Eso me producía cierta impotencia, por que veía pasar el tiempo, y mi alma seguía rebosante de ideas pensamientos y sueños. Quería terminar mi vida dejando constancia en un medio tan pequeño y compacto como las hojas de aquellos libros.
Recibí la noticia por unos paisanos, que los hombres blancos después de tantos años habían regresado. Ayudaban en los pueblos vecinos aportando su granito de arena como en aquellos últimos años. Que habían visto mis obras y que les había entusiasmado. Que deseaban conocer al autor que tanta alegría allí había plasmado.
Era cuestión de días que pasaran por la aldea y yo me sentía encantado de volver a ver a aquellas gentes, que en mi niñez con sus libros tanto me habían manifestado.
Encargué una losa, la más fina y hermosa. Allí forjé como de niño me quedé ensimismado contemplando las letras que ellos me habían mostrado.
Llegaron los hombres blancos, se presentaron a la aldea, pero ninguno de ellos era los
que tiempo atrás llegaron. Les regalé mi obra y ellos de buen grado la aceptaron. Reconocieron el dibujo, la Biblia y un niño al lado, las vocales. Yo les expliqué mi obra, lo que había representado.
Les hablé de la gran impresión que me habían causado los libros. Les hablé de los trazados, de la impresión que me causaba la unión de las palabras, de la simbología de unir en un objeto tan pequeño el conocimiento del mundo. Les hablé que cómo yo no sabía leer ni escribir, pero que a mi humilde modo expresaba con mis dibujos el propio conocimiento de la vida, pero que aún no había logrado el medio perfecto para concentrar lo que mi alma expresaba.
Nuevamente aquellas gentes me ayudaron. Dos de ellos se acercaron a un camión, y de dentro sacaron unas cajas de cartón. Con sumo cuidado recortaron cuadrados. Observé que el material era liviano, resistente, y duro, que era el medio que tanto tiempo me había llevado encontrar.
Tuve ocasión antes de su marcha de poderles regalar dos de aquellos cuadros.
Pasado un tiempo se me acabó el material, pero conseguí culminar mi obra.
En aquellos cartones expresé el conocimiento del mundo que nos rodea. Plasmé la historia de mi pueblo, para que las cabezas más olvidadizas no dejaran pasar lo que hasta ahora habíamos vivido.
Aún sigo sin saber leer y escribir, pero no me importa. Porque las letras a su modo inspiraron en mí el deseo de expresar aún de distinta forma a la suya nuestro propio conocimiento.
Los cuadros que pinto quizás no te gusten, quizás para ti simbolicen lo que para mi gente supone ver un libro. Posiblemente sólo veas algo de apariencia sencilla, sin magia, sin la importancia que para mí, para mi familia, y para mi pueblo poseen. Tampoco pretendo que te guste y que lo entiendas
Pero la conjunción de las letras es tan hermosa, tan bella, tan fina, que solo de verlas producen en mis obras la belleza que cautivaron mi esencia, para que mi gente entienda por mediación de mis dibujos y no de las palabras, qué es aquello que un día hipnotizó mi alma. De esta forma si obtengo nuestro particular conocimiento del mundo.






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