domingo 27 de diciembre de 2009

La defensa de Santiago del nuevo extremo.

La defensa de Santiago del nuevo extremo.

Valdivia dio orden de soltar a los perros, y al grito de ¡!Santiago y cierra España!¡ este avanzo a caballo sin vacilar contra los hombres del promaucahue Michimalonco.

Los canes en su carrera consiguieron abrir las filas de las pertrechas defensas mapuches, los hombres de Valdivia montados a caballo también hicieron lo propio aunque no eran mas que cuarenta individuos arrojados contra un muro humano que se contaba por miles de hombres que caían al suelo por la fuerza de las bestias.

Si grande es el heroísmo de los españoles impulsados por un alo de patriotismo a la defensa como representantes del rey Católico, y por lo tanto brazos ejecutores de la voluntad Real, que por extensión es la voluntad de Dios, no menor era la valentía y el arrojo de los indígenas, que aunque tan solo fueran portadores de palos y piedras era mayor el ingenio que la fuerza para derrotar al invasor.

Pronto comenzaron a caer al suelo los primeros cadáveres, mis retinas grababan en mi mente las atroces escenas de la batalla. Hombres gritando de dolor por la amputación de alguno de sus miembros, gargantas cortadas al grito de en un alarido del que solo brotaba una fuente de sangre, los reveses de los golpes que aturdían la conciencia, cabezas volando por encima de los hombros reflejando una imagen de inconciente sorpresa… no tardamos en caminar en un gigantesco charco de sangre del que oíamos el chapoteo de las pisadas en las vírgenes tierra de Cachapoal.

Los Araucanos se amontonaban al pie de nuestros caballos sin parecer importarles la muerte, daba la impresión de no verse afectados por la sencillez con la que nosotros los españoles dábamos fin a sus cuerpos.

Estos lejos de amedrentarse nos respondían con fuertes golpes tratando de derribarnos de las bestias, poco a poco notaba mi cuerpo contusionado, desde las piernas hasta la cabeza, y aunque las armaduras nos protegían del filo de sus armas nos partían los huesos con sus duros golpes.

Cuando un cristiano era derribado este era su fin, la masa humana Araucana se abalanzaba y se ceñía con toda la crueldad posible hasta darle muerte, lo despojaban de su armadura que alzaban al cielo como trofeo, como signo de nuestra mortalidad, por lo tanto cada una de nuestras muertes significaba para ellos un halo de fuerza y esperanza que impulsaba aun mas si cabe el coraje de aquellos hombres.

Horas mas tardes recibimos refuerzos pero poco a poco íbamos quedando menos cristianos en pie, podía parecer que caíamos en desanimo al ver cuan pocos éramos contra tantos, pero las salves a la virgen Maria el color de nuestros estandartes la valentía y el arrojo de cada uno de nosotros nos daba la confianza de poder ganar esa batalla. Graso error.

Aunque el empuje de nuestras fuerzas habían dado muerte a tantos indios Valdivia dio orden de retroceder, sabíamos que con el numero de efectivos que éramos no pondríamos fin a la invasión de la recién fundada Santiago del nuevo extremo.

Malheridos, aturdidos por la batalla poníamos de momento fin a aquella revuelta.

Al galope de mi caballo me resentía aun más por los golpes sufridos, casi no notaba las piernas, sabia que tenia varias costillas rotas pero este atroz dolor no daría fin al sentimiento de libertad que esperaba para estas tierras.

Los indios habían cercado el fuerte, a duras penas pudimos refugiarnos dentro. Estos lanzaban flechas incendiarias contra las casas que pronto comenzaban a arder puesto que eran muy precarias. Dentro todos contribuían a hacer algo, nadie permanecía sentado e impasible. Unos apagaban los incendios, otros ayudaban a los mosqueteros y arcabuceros a limpiar y recargar las armas, otros disparaban sino sus armas de fuego sus ballestas. Las mujeres cobijaban y tranquilizaban a los niños, curaban las heridas de los hombres y ayudaban con suma valentía en todo aquello que hiciese falta.

Mientras una mujer se hacia cargo de mis heridas pude oír al sacerdote local, Rodrigo González, vociferar que la batalla era como el Día del Juicio y que tan sólo un milagro podía salvarnos. Cobarde espeto la dama…

- ¿Como decís mi señora? Le pregunte a quien me curaba.

- Ese señor, Rodrigo de González se deja llevar demasiado por el pánico, casi podría decir que no es español, si no fuese porque lo conozco. Todo esto me lo decia sin siquiera mirarme a los ojos, concentrada tan solo en la labor que le ocupaba. - ¿Cómo es capaz de atreverse a infundir el miedo a nuestros corazones, mientras los hombres luchan y no caen en el vil espanto? Pareció olvidar que esta ciudad esta fundada gracias a la aparición de Santiago honor y nombre del patrón de España. – Poneos en pie caballero y tomad vuestra espada. Me decía mientras me ataba con un trapo las heridas contusionadas de mi costado, sin ni siquiera mirarme.

- Creo que para volver al combate debéis de ayudarme señora, porque me veo incapaz de poder subir a mi caballo.

Con la ayuda de aquella valerosa mujer pude remontar a lomos de mi rocín.

- ¿Me permitís preguntar vuestro nombre mi señora? Esta con gesto serio y mirada ausente, como buscando a persona o cosa me respondió que Inés.

Antes de poder partir a las puertas del fortín, pude ver como aquella dama se encaminaba a la vivienda en que se hallaban presos los siete cabecillas Araucanos.

Advertí la presencia de Valdivia que ya montaba en su caballo, dando órdenes a un pequeño grupo de jinetes.

- Antoná, me alegro verlo dispuesto para la batalla. Me expreso Valdivia con un gesto de orgullo en la cara.

Y mientras salíamos al galope para encontrarnos con la más probable de las muertes a lo lejos pude oír la voz de Inés enardeciendo ánimos con palabras de muy exaltadas alabanzas, que aun en mi distancia avivo el coraje de mi corazón y convencido estoy que el del resto de españoles que alli nos encontrabamos.

Valientemente me arroje junto con Valdivia y el resto de compañeros al ataque Araucano, pero antes de que yo pudiese dar si quiera una estocada sentí un fuerte golpe en el casco lanzándome de espaldas al suelo. Dolorido era incapaz de moverme, en ese instante supe que esa era mi muerte… contemplo el cielo a sabiendas que será por ultima vez. De pronto casi que por producto de mi imaginación veo volar lo que parecen cabezas, al mismo instante que me cubre la sombra y el rostro del hombre que trae consigo mi muerte.


1 comentarios:

Alvaro Rodriguez dijo...

Excelente relato de como el invasor español fua atacado valientemente por el Valeroso Michimalonco y sus huestes...¡¡muerte al invasor!! era la consigna...ahora debiesemos hacer lo mismo con estos malditos invasores que se han posesionado de nuestras tierras en términos económicos mientras la masa no pensante de chilenos lo permiten..ojalá en nuestra tierra apareciese un nuevo Michimalonco para expulsar a tanto extranjero que saprofita de lo nuestro...¡¡Viva Chile!!

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