Microrelato presentado al concurso de cadena SER
Se levantó de la silla anudando el lazo de su blusón de seda gris. Se asomó a la ventana para observar la ciudad y en el cristal vio reflejado su rostro rodeado de un aire de mediocridad. El rimel teñía de negro sus mejillas a causa de un llanto que no cesaba, al igual que el odio que ahora profesaba por Javier, un mísero encantador que se sirvió del engaño para echar el más vulgar de los polvos y, en un aire de superioridad, mientras se subía la bragueta, confesaba que toda aquella amabilidad había sido fingida.
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