El centro comercial había quedado en penumbra. El plan que teníamos los chicos y yo nos parecía perfecto, nada nos hacia pensar que algo pudiera salir mal.
Cuando se acercaron las 22:00h fuimos a escondernos dentro del supermercado. Ese era nuestro objetivo. Era el lugar mas grande y fácil para podernos esconder, y “por supuesto” en el que mas podíamos disfrutar una vez que cerraran la baraja del centro.
Pasamos dos horas escondidos debajo de los estantes tirados en el suelo, lo cierto es que estábamos pasando un frió atroz, era invierno y se acercaban las navidades. A pesar de todo, pensar en como nos pondríamos de chocolates dulces y turrones merecía la pena. Pero en alguna ocasión tuve el miedo de que nos escucharan, por suerte no paso nada, el plan estaba saliendo a las mil maravillas.
Apagaron las luces, acto seguido oímos como se cerraba la chirriante baraja del supermercado que la independizaba del resto de tiendas. Los cinco nos levantamos rápidamente de nuestros escondites ¡!Eureka!! gritábamos de alegría.. Encendimos nuestras linternas y corrimos por los pasillos buscando los tan preciados tesoros. Abrimos todas las cajas con avaricia, llevándonos a la boca chocolates, bombones, batidos, y zumos. Saciada nuestra voracidad, pensábamos en que todo había durado muy poco tiempo, que lo que nos habíamos comido nos parecía mas bien poco para llenar nuestros estómagos. De pronto unos ojos se iluminaron en la oscuridad seguido de un gruñido interminable que nos enfriaba la nuca. Era el perro del vigilante. No sabia como acabaría todo. Pero lamenté escaparme de casa por un puñado de dulces.
domingo 27 de diciembre de 2009
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