lunes 17 de mayo de 2010

La defensa de la fantasía

Ana María Matute se subió al atril y desde arriba pudo divisar un hemiciclo lleno de gente de mediana y avanzada edad, había pocos jóvenes, todos los presentes estaban expectantes. Cierto nerviosismo se apodero de ella, tenia que dar su discurso de ingreso en la RAE. Trató de tranquilizarse y articular palabras, pero lo que iba a contar tal vez contrarrestaba con lo que comúnmente se hablaba allí. Y es que desnudar el alma en público ante personas que no conocemos y expresar nuestros sentimientos, si cabe, en un habitáculo frío donde la austeridad reina en un aparente color gris no es fácil, y tal vez más, a sabiendas de que la mayoría están allí para juzgarte.

Pero allí que ella comenzó, las palabras que se desprendían de su boca comenzaron a tomar forma,


  • Tengo que pronunciar un discurso y yo no sé pronunciar discursos. Apelo pues a vuestra benevolencia y os ruego que aceptéis estas palabras mías como la expresión de lo único que soy capaz de hacer y de la única razón por la que he llegado hasta aquí: Yo soy una contadora de historias. Por ello, desearía aprovechar esta ocasión tan extraordinaria para hacer un elogio, y acaso también una defensa, de la fantasía y la imaginación en la literatura, que son para mi algo tan vital como el comer y el dormir.


Para sorpresa de los presentes María comenzó a hablar sobre cuentos, relatos llenos de fantasía, donde se enarbolecían la integridad de los sueños. Y sin nadie darse cuenta, invisiblemente, las letras y las palabras empezaron a tomar el lugar, con una danza llena de ritmo donde las susodichas contoneaban su cuerpo con alegría infinita ante la ciega mirada de los presentes.


Las palabras lo tomaron todo, hasta llenar el habitáculo del negro tinte que las componen, pero la mujer del atril sigue visible, envuelta en un haz de luz dorada. Su alma, sin saberlo, se desprende de su cuerpo de mujer y la sala ya no es sala, es la entrada de un bosque en plena noche donde las ramas y las hojas son de piedra y la hierva es como el cemento. En ese extraño lugar María no es adulta sino una niña. El ambiente tizna el alma de la joven María con nerviosismo, el viento es el primero que repara en su presencia, la mira con curiosidad, se acerca, se deja consumir por el aire que ella respira, adentrándose por su boca hasta llegar a sus pulmones, el oxígeno la abarca y la envuelve en su interior tomando todas las partes de su alma, escudriñando hasta sus más profundos sentimientos, tan sólo un exhalo le ha bastado al viento para saber quién es. Éste la mira y no le queda más remedio que apiadarse de ella, le acaricia su rostro para apartar su pelo y cuchichear a su oído que no tenga miedo, sin darse cuenta la valentía se apodera de la niña y la transforma en un fiero caballero. Inconscientemente ella se llena de valentía, se acerca a los árboles para echar una mirada y descubrir que se halla dentro del bosque. A María le sorprende el frío tacto de la arboleda, desde fuera no ve nada, así que se adentra en el bosque. A medida que camina sigue sin notar cambios, todo sigue oscuro, tampoco oye el sonido de los animales y el aire que respira esta viciado, María decide hacer un alto en el camino y sentarse, comprende que si sus sentidos no perciben nada, tal vez tenga que ser su alma los que los despierte, es así como entra en armonía y descubre que, a pesar de lo siniestro del lugar, allí reina la calma. Ahora es capaz de vislumbrar entre tanta austeridad el bullicio animado de las almas de aquellos oyentes que expresan una felicidad que hacía tiempo no era latente. María, aunque no es capaz de apreciar la melódica charla de los árboles, se conforma con disfrutar de la belleza visual que desprende el ambiente.


Las palabras de la madura María provocan entre los presentes del hemiciclo la añoranza de la juventud, y el deseo de volver a ser inocentes, y ese ambiente del exterior se refleja en el bosque de piedra. Misteriosamente los árboles comienzan a temblar y resquebrajarse. La imagen que vislumbra la joven María a su alrededor la acongoja y la llena de estupefacción momentánea, hasta que su mente es consciente de lo que sucede. La corteza de la que están compuestos los árboles y el bosque se desprenden mostrando una frondosa arboleda que tímidamente va adoptando color. La niña se calma al ver como la luz blanca del sol comienza a adentrarse por las ramas, ya no le hace falta tener cerrados los ojos para ver la belleza de la que está compuesta el bosque, pero aún se aprecian árboles muertos incapaces de recoger la sabia de las palabras de una mujer que se deleita al compartir con los demás la defensa de la fantasía que una vez nos acompañó de la mano hasta el trascurso de nuestra madurez.


La joven María miro atrás alertada por la música, el baile y el jolgorio que tenían montadas las letras y las palabras en el bosque. María se unió al espectáculo y bailó de la mano divertida y sonriente con todas ellas, sin darse cuenta que a cada paso el bosque iba esfumándose volviéndose todo de color blanco, como un folio. A la salida del bosque María, feliz y contenta dio un gran salto para volver de nuevo a su alma, es entonces cuando el ritmo que acompañó a las letras cesa, y la madura María acaba su discurso. El hemiciclo explota en un sentimiento de entusiasmo lleno de aplausos de todos los colores donde en esta ocasión también estaba incluido el color gris.


Manuel Álvarez Molina

2 comentarios:

InfiniteRebel dijo...

Me gusta lo que escribes. Sencillamente.
Saludos.

InfiniteRebel dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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